Vestida de otoño hasta en los más mínimos detalles, así se hallaba. Saco oscuro, pañuelo al cuello. Y un mar de lágrimas, para no desentonar con el gris del cielo, al que por supuesto sus ojos no percibían ni dejaban de mirar. Hacía tiempo que no se sentía tan desconsolada.
Y allí estaba ella, semi-oculta, tras una escalera caracol al fondo de la nada; intentando en vano llevar a su boca una taza con yuyo hervido, para que dejen de temblarle las manos y el alma. Tratando de convencerse de que era por frio el espasmo, y no por su agónico corazón en retazos (marcada con finos trazos, por el filo del silencio).
Catorce. Su contradicción (contra tradición) expiaba culpas que al día anterior, por ser martes, le habían adjudicado. Lo había sentido al despertarse, con su amigo el sol aún dormido; lo había percibido al recibir el agresivo afecto de su mascota, como rito de recepción del nuevo día. También en el beso de buen día que le diera su padre. No podría la jornada mantenerse bien por mucho más.
No fueron celos los que la hicieron llorar horas después, sino el sentir la falta de respeto, de quien creía su amiga.
No se sentía bien físicamente. la garganta le dolía horrores, y se ahogaba al respirar. Para colmo, esa tos convulsa no mejoraba las cosas. Sentía impotencia y vergüenza por su ingenuidad; por exponerse nuevamente a confiar, por resultar herida otra vez. Por creer infantilmante que podía ser distinto, ignorando su instinto, eligiendo perder...