Su María estaba embarazada
pensaba José mientras fumaba un cigarro.
Herida de guerra de algún viejo amor,
o no tan viejo...
Peor aún, ella no podía precisar de quién.
A ratos pateando bolsas,
a rato arrastrando los pies.
siempre tan... humano.
Caminando sin ver,
llegó a un pasaje
desconocido.
Se sentó en la vereda
angosta como pocas,
contra un viejo árbol.
Horas después
reparó en una vieja silla
de estilo Napoleón
que reposaba junto a un volquete
en la vereda de en frente.
La vió noble, antigua.
Quizá la sintió como él
fuera de lugar, fuera de tiempo.
Se incorporó despacio,
y tras desplazarse a su lado
y observarla nuevamente,
no pudo dejar de admirarla.
Se posó sobre ella, agotado.
Sus seis patas crujieron
a punto de desvencijarse
por el peso de la realidad.
Debían ser fuertes.
Eran de buena madera,
el artesano lo sabía.
Podrían repararse
Con paciencia y buena fe.
Cual dos piezas encastradas
volvieron a casa,
respaldo con espalda.
Los meses pasaron.
El parto prematuro
los tomó por sorpresa
A pesar del cordial desprecio
que sentían por su mujer,
la piedad que sentían
por el pobre niño pudo más.
(...)
Notaron que el aire allí era nocivo;
que corroía hasta la fibra más íntima.
María tomaba whisky,
y debatía con un sauce
sobre Dios
el crío lloraba.
Ellos lo abrazaban,
sin saber que hacer
Hasta que entre sollozos
el niño dijo:
Je Sus
La silla, que por su orígen
sabían algo de francés,
comprendió:
Yo Encima
El valía, por sobre todo...
Y se fueron los tres,
a empezar una nueva vida
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario